Todo lo que sé sobre ser hombre lo aprendí de mis dos padres. Mi mamá y mi papá tuvieron que ver en formarme y eso me parece que vale la pena reconocer. Porque creo que llevamos demasiado tiempo tratando la masculinidad como algo que se hereda exclusivamente hombre a hombre. Este es mi intento de honrarlos a los dos y de argumentar que la hombría puede ser enseñada por muchos maestros. 

Mi mamá me enseñó cómo habla un hombre. Es la persona más opinada que conozco, casi demasiado. Su presencia es inevitable. Habla como si tuviera la boca en fuego y nunca sale de un cuarto sin dejarte saber exactamente lo que piensa. A través del sentido de identidad de mi mamá aprendí lo que significa defenderte a ti mismo sin pedir perdón. A través de ella entendí lo que es nunca traicionarte, cueste lo que cueste. Ella me enseñó que una vida que vale la pena vivir es una que haces realidad con tus palabras. 

Hoy creo que la hombría tiene mucho que ver con la determinación. Con hacer lo que dijiste que ibas a hacer. La masculinidad exige saber cuándo hablar y cuándo callarse. O cómo usar las palabras para bajar la tensión o asumir responsabilidad. Como hombre, siempre hay algo que te llama a creer en lo que dices. Creo que a eso la gente le llama arrogancia. Pero en realidad así se ve cuando tus palabras de verdad significan algo. 

Mi papá, en cambio, me enseñó cómo actúa un hombre. Es un hombre callado, de los que nunca lo escuché quejarse. Pero siempre encontraba la manera de demostrar cuánto le importabas. Su amor se notaba en lo que hacía, no en lo que decía. De alguna manera se asegura de que los sacrificios que hace sean claramente para un bien mayor. Lo mejor que puedo decir de mi papá es que me hace creer en algo más grande que nosotros mismos. Puedo escuchar su determinación en sus pasos. Puedo escuchar su orgullo en cómo silba mientras trabaja. Puedo ver su ternura en cómo parte una sandía. Puedo ver su humildad en su cabeza pelona, que según me dicen, me está esperando. Nunca he conocido a un hombre con tanta gracia. 

A través de sus acciones, mi papá me enseñó que le puedes encontrar propósito a cualquier cosa con solo practicar la amabilidad. Me enseñó que una vida satisfecha es una que les entregas a los demás y a tus metas sin llevar la cuenta. La masculinidad puede ser algo más que lo que el machismo vende. La hombría puede ser sobre el amor y la ternura. Ser un hombre no tiene que ver con el dinero o el estatus. Gracias a mi papá, creo que la hombría puede ser sobre cómo haces sentir a la gente. 

He tenido suerte. Tengo dos padres que cada uno me enseñó algo distinto sobre lo que significa ser hombre. La hombría no es algo que se pasa de padre a hijo exclusivamente. Es una forma de ser que inspira a los jóvenes a través de cómo elegimos vivir ahora mismo. Y si vivimos esas vidas con honestidad y valentía, nuestra idea de lo que puede ser un hombre crece un poco más cada año.

Todos somos producto de más personas de las que reconocemos. Muchos hombres. Muchas mujeres. 

Feliz Día del Padre atrasado a todos ellos.

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