Leyendas a la oscuridad de la luna

Felipe Perez

Esta es la historia de Florentino, conocido como el catire-quitapesares. Nadie podía derrotar al catire (alguien de pelo rubio) en el bello y complicado arte del contrapunteo: un enfrentamiento musical entre dos cantantes, por medio de rimas improvisadas, rápidas y astutas.  

Florentino -el coplero solitario- caminaba bajo la tibia y espesa noche del llano venezolano. Era una noche sin viento, en la cual abundaba el sonido ensordecedor de las chicharras (chapulines).  Muerto de sed paró en un caño claro.

Quería beber directamente de ella, así que tiró su jarro al pozo, pero oyó un ruido seco… Cuando fue a ver, el agua había desaparecido. 

No acababa de sorprenderse cuando escuchó a un jinete que se acercaba cabalgando desde lejos. Oía cada una de las pisadas como si el caballo estuviera a menos de un metro, pero nada podía ver. 

De repente divisó a un hombre con una manta negra. Era siniestro. El pelo escondía su cara. Solo se lograba distinguir una voz de ultratumba que cantó una copla.

Amigo, por si se atreve,  aguárdeme en Santa Inés, que yo lo voy a buscar para cantar con usté. 

(Florentino) Sepa el cantador sombrío que yo cumplo con mi ley y como canté con todos tengo que cantar con él.

Llovía a cántaros y Florentino valientemente se dirigió al pueblo, dispuesto a encontrar a aquel tipo que se presentó en forma de indio. Cuando lo encontró, el viento era tan fuerte que no lo dejó acercarse demasiado. Se escuchó a un vecino decir, “ Oiga vale, ese es el Diablo. Mírelo cómo llegó con tanto barrial y lluvia, planchada y seca la ropa, sin cobija, ni montura. 

El reto ya estaba aceptado. Si Florentino perdía, perdería también su alma. El Diablo comenzó a tentarlo mediante su canto astuto. El contrapunteo cada vez se tornaba más intenso y lleno de acertijos confusos. El diablo en su astucia quería hacer equivocar al gran Florentino, quien con su canto se había hecho imbatible. 

La lluvia arreció, y aunque su sonido era tremendo, no logró opacar la voz titánica de ambos. Pero en un instante las maracas le empezaron a fallar a Florentino, y se empezó a quedar sin voz. El Diablo dio una carcajada de triunfo y burla que desencadenó un relámpago que llegó hasta El Catatumbo. 

(Diablo)- Ni con luces me desvelo, con el sol soy gavilán y en la oscuridá mochuelo… canto mejor cuando vuelo;

(Florentino)- Si usté dice que soy suyo será que me le he vendío, si me le vendí me paga porque yo a nadie le fío.

Como siempre hace, el diablo se presentó solo hasta el final. Escuchar su nombre, de su propia boca, fue una confirmación tenebrosa. El último recurso del llanero fue seguir cantando e invocar en su contrapunteo a las presencias celestiales. Amaneció de repente y esto colmó de fuerzas a Florentino.

Mucho gusto en conocerlo tengo, señor Satanás… que al Diablo lo cogió el día queriéndome atropellar. 

Sácame de aquí con Dios Virgen de la Soledá, Virgen del Carmen bendita… Virgen de Chiquinquirá, piadosa Virgen del Valle, santa Virgen del Pilar…

¡San Miguel!, dame tu escudo, tu rejón y tu puñal, Niño de Atocha bendito, Santísima Trinidá.

No había ni terminado la estrofa cuando vio frente a sus ojos al espanto desaparecer. Solo vió una humareda y en el piso una serpiente retorciéndose. Orgulloso, Florentino se persignó tres veces y todos fueron testigos de que el catire-quitapesares derrotó al mismísimo diablo con tenacidad, fe y un contrapunteo que había heredado de su llano.