
Sacando la filosofía a las calles
En el mes de mayo del año 2019, el pleno de la Cámara de Senadores de México aprobó una adhesión al artículo tercero de la Constitución Mexicana. El artículo correspondiente a la educación, el cual dice que “la enseñanza de las matemáticas, la lectoescritura, la literacidad, la historia, la geografía, el civismo, la filosofía, la tecnología, la innovación, las lenguas indígenas de nuestro país, las lenguas extranjeras, la educación física, el deporte, las artes, en especial la música, la promoción de estilos de vida saludables, la educación sexual y reproductiva, el cuidado al medio ambiente, la protección de los animales”, se integraría a los planes y programas educativos del país.
Aquella noticia haría que el debate sobre la importancia de la filosofía y el pensamiento crítico en la sociedad mexicana de aquel año se reavivara, y que los estudiantes y profesores de filosofía hicieran lo que mejor saben hacer: cuestionar tanto la importancia como el impacto de aquella enmienda. Aquel cuestionamiento y sus probables conclusiones son la excusa para invitar al lector a filosofar juntos.
Me gustaría continuar con una breve definición de lo que entiendo por filosofía, para así descartar, al mismo tiempo, lo que no es filosofía. Para este fin, atenderé, en primer lugar, a la clásica definición mediante la raíz etimológica del griego antiguo philosophia, en donde philos es normalmente traducido como amante o amigo. A su vez, este vocablo proviene de philia, que se puede traducir como amor. El segundo vocablo, sophia, es regularmente traducido como sabiduría. Con esto, se puede entender al filósofo como un amante de la sabiduría y a la filosofía como amor al conocimiento. Este amor es lo que lleva al filósofo a una búsqueda del conocimiento en todas sus direcciones.
Como muchos amores, el filosófico nace en el asombro, y este asombro guía hacia el cuestionamiento constante, el cuestionamiento de los fundamentos mismos de las cosas. Así es como los filósofos Tales de Mileto, Heráclito o Demócrito se preguntaron por el arché, lo cual vendría a ser el origen o la sustancia de las cosas. Después de ellos vendría Sócrates a vagar por las calles de las polis griegas e interpelar a los ciudadanos sobre diversidad de temas, desde el amor hasta la guerra, pasando por la muerte, la felicidad y la educación, ayudando a las personas a explorar sus pensamientos, siendo la filosofía una especie de fuerza debilitadora de sus convicciones.
Ahora bien, ¿cuál es el sentido de la filosofía en la sociedad actual? Una sociedad consumista e individualista, además de altamente tecnificada, en la cual se le otorga un mayor valor a la producción de bienes y servicios, donde la producción sistemática ha permeado incluso en el arte y la ciencia. En esta sociedad, la filosofía trasciende la utilidad, la utilidad entendida como un producto que va encarrilado a un fin y regularmente es servir a alguien, ya que el filósofo no produce carreteras como lo haría un ingeniero o vacunas como lo hace un virólogo.
Siguiendo este argumento, el quehacer filosófico es disruptivo, por no decir revolucionario, ya que no atiende al servilismo productivo de la sociedad actual, sino que genera raciocinio para formular ideas y, al mismo tiempo, los argumentos necesarios para defenderlas. Así es como el filósofo aprende a dudar de sus propias creencias e ideas, lo que, al mismo tiempo, le ayuda a crear una apertura hacia otras maneras de pensar y, en última instancia, superarlas.
La filosofía, como amor al conocimiento y a la sabiduría, nos ha venido a enseñar a escuchar buenas razones, independientemente de las posturas al respecto. Así nos incita a presentar los argumentos e ideas, ampliar el conocimiento, crear una sociedad crítica que genera ideas, que se cuestiona lo ya establecido o aparentemente funcional y, en última instancia, ser eternos amantes de la inalcanzable sabiduría.
