Cultura al Sol

María Esperanza Cuthbert

Mi hermano me preguntó si esto había sucedido, o si lo había soñado. Le contesté que era un sueño, pero luego recordé que sí ocurrió, cuando yo tenía unos nueve años y él ocho, y mis hermanitos siete y seis, pero los cuatro lo habíamos enterrado en la memoria por muchos años. 

Mi mamá, entusiasta de la arquitectura y el arte colonial español, como buena ingeniera civil, nos llevó a ver el convento de Acolman en México. Abrió la puerta de la iglesia un hombre con sombrero, pantalón y camisa blancos. Parado junto a la puerta entreabierta nos dijo que podíamos ver el convento, pero no se podía entrar a la iglesia porque “…Hubo una inundación que levantó el piso; se puede ver el nivel que alcanzó el agua en las paredes,” dijo. 

Los monjes franciscanos y luego los agustinos, habían fundado ese convento que construirían talentosos pobladores. Los agustinos se dedicaban al estudio y además a la educación católica enfocada a conquistar el corazón y la mente de los habitantes del “Nuevo Mundo”. Con ese fin, inventaron ahí fiestas navideñas, “las posadas”, que son del 16 de diciembre hasta el 24 en Nochebuena. 

Mi mamá organizaba una posada cada año en los 60s; compraba mucha fruta: mandarinas, limas, tejocotes,  y caña de azúcar en trozos; además, kilos de cacahuates, una olla de barro, papel de China, velitas, canastitas y colación. Poníamos un nacimiento, decorábamos la piñata, y la llenábamos de fruta, cacahuates y dulces. Invitábamos a primos y amigos.

En la posada, se canta la letanía en latín que invoca piedad llevando en fila por delante la estatuilla de los peregrinos, José y María en su burro cuando buscaban alojamiento, o posada, y estaba por nacer Jesús. 

Nosotros seguíamos la tradición con las luces apagadas, en fila, y con velitas chorreando en los platitos de cartulina y hacíamos procesión cantando alabanzas en latín alrededor y por toda la casa. Luego, el grupo se dividía en dos, unos adentro y otros afuera. Cantábamos los versos medievales “En el nombre del Cielo os pido posada pues no puede andar mi esposa amada…” Los de adentro negaban la entrada hasta que por fin abrían la puerta a los peregrinos con más villancicos.

Después venía la piñata. En el jardín, un hombre fuerte se subía a una barda y otro a otra, y con la cuerda movían la piñata. Los invitados, de uno en uno, con venda en los ojos y palo en mano, iban tratando de romper la piñata y los demás cantaban “Dale, dale, dale, no pierdas el tino…” y luego guiaban a gritos “¡Arriba, abajo, a la derecha, atrás!” Al fin, al romper la piñata, todos se abalanzaban a recoger fruta y dulces, bajo riesgo de cortarse con los pedazos de barro – o “tepalcates”. Se tomaba ponche calientito de tejocote, caña, guayaba y canela, se cenaba pozole, y se repartían las canastitas de colación, y a veces se tronaban cohetes.

Los monjes agustinos españoles idearon las posadas para cambiar las creencias de los pobladores originarios de México durante los años de 1500. La piñata representa la tentación que es atractiva. La venda representa la fe que es ciega. Con base en la fe se rompe la tentación, y eso resulta, según los agustinos, en frutos para todos.

En nuestra visita a Acolman, mis hermanitos y yo nos metimos a la iglesia. Estaba oscurísimo, solo había un poco de luz por la ventana arriba del altar. Caminábamos en lodo chicloso tropezando con partes duras, el suelo irregular. El más pequeño de mis hermanos se había adelantado y ya iba rodeando el altar cuando mi hermano detrás de mí, dijo, “Oye, ¿qué es esa bola? Parece una calavera… ¡y allá hay otra, y otra junto de ti… muchas, son huesos, son muertos!” Empezamos a correr hacia la puerta, pero mi hermanito seguía caminando hacia adentro y todos le gritamos, “¡Vámonos! ¡Corre!” Pero no nos ponía atención. Con pavor, sintiendo muertos detrás, tuve que ir a jalarlo de la mano y salimos corriendo.

Todavía siento un hilo frío en la espalda al pensar en nuestra aventura de huesos de manos, piernas, y calaveras de los agustinos y franciscanos del siglo XVI bajo las suelas de nuestros zapatos. Cosa injusta para aquellos que idearon algo tan divertido.