Sacando la filosofía a las calles

En una de mis visitas a la Biblioteca Pública de Carbondale, por casualidad encontré un libro que, por su título provocador, llamó mi atención: “Nuestras almas migrantes. Una reflexión sobre la raza y los significados y mitos de lo latino”, escrito por el sociólogo y periodista guatemalteco-estadounidense Héctor Tobar. Los versados en la escritura dicen que los títulos cortos son preferibles, pero los provocadores son memorables, y la obra de Tobar entra en esta categoría.
Inmediatamente después de tomar prestado el libro, comencé a pasar página tras página. Cada página era más reveladora, repleta de vivencias personales del autor, de sus padres como migrantes indocumentados que se instalaron en Los Ángeles, huyendo de una guerra cruenta, historias de discriminación por motivos raciales, étnicos, lingüísticos, físicos, económicos y un largo etcétera.
“El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia”. Octavio Paz
Hoy en día, hablar sobre raza entre seres humanos, además de ser discriminatorio, es, por decir poco, un acto de ignorancia total, ya que, desde la biología y la antropología, todos los seres humanos formamos parte del género Homo. Dentro de este género, aproximadamente se puede hablar de ocho especies, entre ellas el Homo sapiens, los humanos modernos, todos nosotros, desde los habitantes de las islas más remotas de Asia hasta la punta de la Patagonia o el Estados Unidos rural; todos somos seres humanos.
Las necesarias diferencias físicas entre nosotros, tales como el color de piel, ojos, cabello y estatura, debido a adaptaciones por la variedad de climas y condiciones alimenticias, han dado como resultado nuestra supervivencia como especie, nuestra riqueza cultural, lingüística y demás. Hacer esta aclaración, hablar de conocimiento científico básico y de acceso público, se justifica por el resurgimiento de lo que Julio Ortega llamaba “neurosis defensiva”, impulsada por el discurso ampliamente difundido por el poder ejecutivo en Estados Unidos y la aparente victoria del discurso de extrema derecha en Europa y el Medio Oriente. Aquella neurosis trae consigo “estereotipos, odios y violencia” y, como agrega Ortega, “la paranoia del racismo es una enfermedad del cuerpo nacional”, un lamentable pensamiento del ser humano moderno.
Entre las muchas reflexiones que Tobar discute en su libro, abundaré un poco más en dos que me parecieron reveladoras y de gran importancia para el contexto político en todos los niveles.
En primer lugar, la mutua necesidad del inmigrante y del estadounidense para el avance y sostenimiento de la riqueza del país, donde el perfeccionismo contagioso de la cultura norteamericana y la permisividad de las leyes de transacciones bancarias y de comercio ayudan al inmigrante a navegar sin aparentes dificultades por las turbulentas aguas de la economía más grande del mundo.
Al mismo tiempo, las contradictorias leyes de inmigración ponen contra la espada y la pared a millones de personas, que viven su día a día inmersos en esta dicotomía, casi como en una antinomia social, donde salir del sistema significa regresar a su país o vivir en una paranoia constante.
Un ejemplo de esta contradicción son los proyectos de ley SB 2C y SB 4C, que ha firmado el gobernador de Florida, Ron DeSantis. La ley SB 4C establece una pena de muerte automática para todo individuo indocumentado que haya sido declarado culpable por delitos capitales, tales como asesinato o secuestro a mano armada.
La ley SB 2C establece una mayor colaboración de las fuerzas de la ley del estado con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), creando así un nuevo delito a nivel estatal para cualquier individuo que entre o se encuentre viviendo en Florida sin documentos que avalen su estancia legal. Además de todo esto, se eliminarán beneficios estatales en casi todos los ámbitos sociales, desde el judicial hasta el educativo, donde los alumnos de las pocas universidades públicas perderán su acceso a las matrículas profesionales a partir de julio de 2025.
Otro absurdo e irreal ejemplo de esto son los proyectos de ley promovidos en Mississippi, donde buscan regresar a un sistema de caza recompensas, ya que por cada individuo indocumentado se podría recibir una recompensa de hasta mil dólares. Al respecto, cito a Matthew Barton, fiscal de distrito del condado de DeSoto en Florida, en una entrevista para medios locales e internacionales: “La medida busca involucrar a cazadores certificados y otorgaría mil dólares en fondos estatales por cada indocumentado que ayuden a deportar”.
Ambos ejemplos, ambas contradicciones del sistema político-legislativo estadounidense, abren paso a un aumento en la polarización social y no solo del estadounidense al inmigrante, sino viceversa, cayendo en un “autismo cultural” o, aún peor, en la “endogamia regional”. ¿Cuál es el sentido de este rechazo? ¿Por qué la persecución y la caza furtiva de seres humanos sigue siendo motivo de discusión en lo que se dice a sí mismo el país más avanzado del mundo en materia legislativa y de derechos humanos?
En segundo lugar, los entrelazamientos, las difusiones y las necesarias convivencias que el estadounidense y el latinoamericano tienen en todo el país, creando una mezcla cultural impresionante. A nivel macro se puede ver reflejado en el lenguaje, las creencias religiosas, las festividades y demás. A nivel micro, vemos las alianzas y asociaciones entre el estadounidense y el latino, desde el niño hijo de inmigrantes que convive con los hijos de estadounidenses, hasta el dueño de la compañía constructora que contrató latinos por ser “trabajadores duros”, o el que confía el manejo de una propiedad a su trabajador latino, porque “hace de todo” y “es honesto”.
De estos entrelazamientos y difusiones habla Octavio Paz en su obra, El laberinto de la soledad, específicamente sobre la figura del Pachuco, y escribe al respecto: “Ha perdido —el pachuco— su lugar de pertenencia, pero construye su espacio de afiliación”. Esta pérdida de pertenencia es negativa para el pensador mexicano, y esa afiliación a la cultura estadounidense con rasgos mexicanos es rechazada por Paz. Sin embargo, y al contrario del escritor mexicano, pienso que esta afiliación es necesariamente imprescindible y da como resultado la riqueza cultural antes mencionada.
Aquella tribu urbana mexico-estadounidense marcó el inicio de una transformación cultural que ha influenciado y dado origen a algunas tribus urbanas de máxima relevancia, como el cholo o el chicano. Esta influencia se puede ver reflejada hoy en día con la estética “oversize”, característica indisoluble del pachuco, la cual ha sido llevada a pasarelas de moda internacional en capitales como Nueva York o París por el diseñador Willy Chavarria, hijo de mexicano e irlandesa. Esta influencia no solo se queda en la moda, sino que también ha pasado por la industria de la música, donde los danzones y la música regional mexicana han estado en máxima colaboración con géneros aparentemente distintos, como el hip-hop o el pop. Un ejemplo claro de esto es la colaboración del rapero Kendrick Lamar con la cantante de mariachi Deyra Barrera en tres canciones de su más reciente álbum, ejemplo circunstancial y de actualidad por ser el cantante de medio tiempo en el Super Bowl.
Estas contradicciones y mutuas necesidades han llevado a la mezcla de culturas y valores, de pertenencias y afiliaciones, en un país marcado por la migración masiva desde su fundación, arrastrando problemas raciales de todo tipo que obligan a reflexionar y mostrarse, por lo menos, críticos, sospechando de los fundamentos de esta sociedad.
