Por Daniel Torres
Originario de Tepic, Nayarit, Mexico; cuna del poeta Amado Nervo.
“La poesía es el territorio de la pérdida y esa asunción condena al poeta a una vigilia constante.” –Eduardo Milán
Perdido por el amor a las letras; me inyectaron el hábito de vida que tanto necesita mi entusiasmo para mantenerme a flote.
¿Qué sería de mí si no te tuviera?
Sería un hombre nimio, de aquellos que alguna vez me han dado pena. Con jazz y estas letras hacen que mis adentros vuelven a reclamar la sed del yo primigenio, del primero de todos; del verbo, es Adán asignando nombres a todas las criaturas vivas, a las montañas, ríos y mares que veía, a los frutos.
Es Adán el primer poeta, el primero de los malditos.
Por mi parte, desde siempre he preferido ser uno de esos, otro Adán, nombrando las cosas a mi alrededor, salpicarlas de palabras, de poesías, llenarlas de historias y cuentos; siempre comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, no dejarme seducir por la serpiente, escucharla, ignorarla, quizás solo algunas veces dejarla entrar y nutrirme de sus palabras también.
Perdido por el amor a las letras como Salomón, repleto de cantares en mi interior, inundado por las ansias de mantener el bolígrafo siempre conmigo, saliendo de mi mano izquierda los recuerdos de un pasado no muy lejano, de un país mío más poético, de una realidad mía llena de suspiros al aire por la cotidianidad hecha imaginario poético.
Lo mío siempre ha sido la creación, el hecho de imaginarlo diferente de capturar esa escena del niño y su padre en el camión, de un padre que enseñaba a leer a su hijo, la transmisión de conocimiento como un recuerdo poético no es lo que lo hace poesía, esa misma acción en sí es poesía, poesía viva, poesía en el camión.
Partir de eso y lograr el acto creativo, tener la sutileza suficiente, el instinto, esa cosa que algunos llaman un don es lo que convierte ese acto poético en sí.
Invisible para los ojos del hombre nimio, en acto poético visible, iluminado con una lámpara para ponerlo en los reflectores de todos; una traducción de un ser a otro, un puente entre realidades, un amor por las letras, un amor poético, el verdadero amor, un amor maldito, condenado siempre.
Condenado siempre a una vigilia constante, con ese filtro de realidad imaginaria, propio de la genialidad. En el camino muchos deciden comenzar a ignorar el filtro, lo desechan, lo hacen a un lado, ignorando la fragancia de una propiedad poética que emanan algunos sucesos.
Siempre nutriéndose de experiencias, de vivencias para que el poeta pueda seguir con una ardua labor, con un sinfín de traducciones e interpretaciones de los instantes poéticos en sí, como revelando los negativos de una fotografía, que después todos pueden ver y entender.
