Hace casi cuatro años, justo en la misma fecha, se predijo que Frida Kahlo volvería a hacer historia con la venta de sus obras. El 16 de noviembre de 2021, el autorretrato llamado Diego y yo, pintado en 1949, fue vendido a Eduardo F. Costantini, fundador del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), por 34,9 millones.
El pasado 19 de septiembre, Sotheby’s anunció que estimaba que el autorretrato El Sueño (La Cama), pintado en 1940, se vendería entre 40 y 60 millones. Sotheby’s predice que la venta de El Sueño (La Cama) podría romper el récord del precio más alto alcanzado por una mujer artista. La subasta está anunciada para el 8 de noviembre en Nueva York.
Cada obra de Kahlo es una ventana al mundo de la artista; por ello, cada una funciona como una pieza de rompecabezas, y resultaría extraño decir que una es más importante que otra. En el caso de El Sueño (La Cama), se trata de una obra particularmente especial, pues es una de las pocas que existen fuera de México o de una colección de museo. La última vez que se exhibió esta obra fue hace algunas décadas, a finales de 1990.
Así que ahora surge la pregunta sobre el patrimonio y la accesibilidad. Habrá quienes piensen que El Sueño (La Cama) forma parte del patrimonio cultural de México, ya que Kahlo es, esencialmente, un ícono del país. Ahora, supongamos que El Sueño (La Cama), como ocurrió con Diego y yo, se convierte en parte de la colección de un museo en otro país; al menos habría accesibilidad. ¿Pero qué sucede cuando esta obra vuelve a manos de un coleccionista privado? El Sueño (La Cama), se vuelve invisible y solo vivirá en nuestras memorias hasta la próxima vez que vuelva a salir a la venta.
A pesar de celebrar que las obras de Kahlo hayan adquirido tanto valor y sean reconocidas en todo el mundo, me pregunto si a Kahlo, tan orgullosamente mexicana y con creencias políticas fundadas en una revolución comunista que abogaba por eliminar la propiedad privada, la justicia social y redistribuir la riqueza, le gustaría lo que está sucediendo. Me da la impresión de que Kahlo se estaría retorciendo en su tumba.
El problema con las colecciones privadas es que frecuentemente se enfocan en la adquisición como un tipo de inversión financiera, lo que provoca que el valor de mercado se dispare en lugar de tratar las obras como un legado cultural. Por lo tanto, también existe el problema de la preservación. Las obras de Kahlo tienen décadas de antigüedad y son frágiles. Por lo general, un coleccionista privado no cuenta con los mismos estándares de conservación que un instituto como un museo, que se enfoca en la longevidad de la obra.
Una colección privada restringe el acceso, el reconocimiento cultural y las oportunidades de educación. Para estudiar una obra, es necesario contemplar la pieza original, y este acceso limitado refuerza la percepción de que el arte es un ámbito elitista. Debe haber espacios y oportunidades para que el público pueda acercarse y disfrutar de estas creaciones, especialmente cuando provienen de artistas tan icónicos y legendarios como Kahlo.
Durante muchos años, la cama fue tanto un refugio como una prisión para Kahlo. El Sueño (La Cama), al igual que muchos de sus otros autorretratos, es una expresión del dolor físico y emocional que la artista padeció durante años. Fue en la cama donde Kahlo perfeccionó sus habilidades para pintar y también donde sus penas la acechaban.
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