Abril es el mes de la concientización sobre el autismo, también conocido como el mes de la aceptación del autismo. Aunque el día oficial es el 2 de abril, en realidad se extiende a lo largo de todo el mes. Estas jornadas son relativamente recientes: apenas hace poco hemos tenido que inventar un día para aceptar la diferencia. Tal vez porque nuestra cognición social —nuestro cerebro colectivo— tiende a apartar todo aquello que se sale del mito de la normalidad. Y no hay mito más falaz que ese.

Hoy quiero compartir lo que he aprendido sobre el autismo, no desde un enfoque informativo, sino a partir de una historia real, sensible: la de un niño. De ellos he aprendido infinitamente más que de los pocos entrenamientos formales que he recibido en mi profesión.
Hace poco encontré una publicación en redes sociales. Era sobre Daniel. Y quiero empezar con sus propias palabras:
“Yo soy Daniel y soy autista. No tengo autismo, porque no es una enfermedad. Las enfermedades se curan. Yo soy Daniel, y así es como deberían decirme. Yo soy yo. Soy autista, sí, pero no tengo nada”.
Y cuánta razón tiene. Cuando alguien está enfermo, no puede hacer su vida con normalidad: deja de ir a la escuela o al trabajo, necesita tratamiento constante. Muchas veces, incluso, la persona y su familia terminan relacionándose más con la enfermedad que con el mundo. Pero lo que propone Daniel es otra cosa: aquí no hay nada que curar. Hay, en cambio, un mundo por descubrir.
Luego comparte una analogía poderosa: “¿Has visto el video de la rueda cuadrada?”. Una rueda cuadrada parecería imposible de usar. Sin embargo, en ese video, bicicletas con ruedas cuadradas avanzan sin problema sobre una pista diseñada con ondulaciones que encajan perfectamente con su forma. Cumplen la misma función que una bicicleta de ruedas redondas.
La metáfora es clara: no son las ruedas las que deben cambiar, sino los caminos.
Además, rompe otro mito, la idea de que las personas neurodivergentes no comprenden el lenguaje metafórico. Este ejemplo demuestra lo contrario, no solo lo comprenden, sino que lo habitan con profundidad.
Como proponía el filósofo Jürgen Habermas, el mundo social debería construirse a partir del consenso, adaptándose a las necesidades de quienes lo habitan. Y en ese mundo convivimos todos: ruedas cuadradas, redondas, triangulares. Al final, todos somos bicicletas con el mismo propósito: avanzar. Lo que cambia es la pista.
En otro video, Daniel dice: “Tengo el talento del autismo”. Y lo nombra así porque le permite percibir la vida de maneras distintas, no convencionales. De él aprendí que no existen solo cinco sentidos, sino muchos más: la propiocepción (la capacidad de percibirse a uno mismo), el sistema vestibular (relacionado con el equilibrio y la orientación espacial), entre otros que también configuran nuestra experiencia del mundo.
Entonces me pregunto: ¿qué pasaría si descubriéramos un sentido nuevo cada día? ¿Si prestáramos atención a aquello que damos por hecho? Daniel los aprende, los nombra, los vive. Aprende cómo su “rueda cuadrada” avanza en un mundo que otros recorremos sin pensar.
¿No deberíamos nosotros hacer el mismo esfuerzo?
Porque, si lo pensamos bien, todos somos distintos. No porque todos estemos en el espectro del autismo, sino porque cada persona es única, moldeada por sus experiencias y su biología. El problema no es la diferencia; es la obsesión por la normalidad. Esa idea de que todo debe encajar en un solo molde, como si la sociedad necesitara una especie de limpieza cognitiva.
Quizá el reto no es solo incluir, sino cuestionar esa normalidad que damos por sentada. El autismo no es un déficit ni una enfermedad. Es una forma distinta de estar en el mundo. Una entrada, no una salida.
Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, en Estados Unidos aproximadamente uno de cada 31 niños es diagnosticado con autismo, y los varones tienen entre tres y cuatro veces más probabilidades de recibir un diagnóstico que las niñas. La mayoría es identificada antes de los ocho años, aunque muchos casos se detectan más tarde.
En términos escolares, esto significa que en casi cada grado hay al menos un niño con autismo. Por eso, no basta con reconocer una fecha en el calendario. Se necesitan acciones concretas: educación sobre neurodiversidad, apertura a nuevas perspectivas, espacios que no solo incluyan, sino que comprendan.
En la vida cotidiana, nosotros somos esa pista ondulada. Somos el entorno. Nos corresponde adaptar la mirada, hacer pausas, construir puentes. Recordar, como dice Daniel: “Soy”.
Y quizá esa sea la lección más importante: dejar de medir a los demás con la regla de la normalidad y empezar a reconocer lo que emerge cuando esa regla desaparece. Porque, al final, no se trata de corregir la rueda, sino de aprender —de una vez por todas— a construir mejores caminos.
Para conocer más acerca de Pau, visite: @paupautista
Desde Sol del Valle celebramos a nuestra comunidad dentro del espectro autista e invitamos a seguir aprendiendo, escuchando y fomentando una sociedad más inclusiva.
