Las cocinas perfectas casi nunca se usan. El mármol blanco brilla con la pureza de una superficie que nunca ha conocido el chile colorado. Los electrodomésticos de acero inoxidable sin una sola huella de manitas pegajosas. Impecables, como si recién les hubieras quitado la capa protectora de plástico. En la esquina, un libro de cocina que lucha por permanecer abierto. De hecho, ésta es la primera vez que lo abres. Sobre la estufa, el lugar ideal para colgar un ramo de rosas secas junto con una variedad de tableros de madera vintage. Perfectamente alineadas para arder con elegancia. Pero no importa. Se ve lindo. Es aesthetic.

Esta cocina no se usa para cocinar, se usa para fotografiar y etiquetar #resetdedomingo. 

Vanessa Porras, Artista Existencial

Las redes sociales no nos dieron herramientas para documentar, nos dieron un escenario. Nos hemos convertido en los actores de estos ecosistemas. El espectáculo se valora más que la memoria. El aplauso, los “likes” o los seguidores, se han convertido más importante que aquello que estamos compartiendo o intentado preservar a través de la fotografía. Esto es lo que las plataformas premian, y a lo que nos hemos acostumbrado. Desafortunadamente esto elimina cualquier aspecto de autenticidad, hasta en lo más cotidiano. 

Ya nada es diferente. Sea porque así lo ha diseñado el algoritmo al premiar ciertos comportamientos o porque así lo hayamos permitido. Todo parece igual y tan diferente al mismo tiempo. Cada vez que participamos en el circo que vive detrás de las pantallas de nuestros teléfonos pasan dos cosas. La comparación y la actuación. Las rutinas matutinas, la vida de autoproclamado emprendedor, los selfies en el aeropuerto rumbo a Puerto Rico o cualquier otra isla tropical. Nos preguntamos: ¿cómo es que pueden pagar todo esto? ¿Por qué ellos sí y yo no? Me estoy quedando atrás, mi vida es tan aburrida. 

Producimos los momentos que compartimos. No es que tengas celos de la vida de influencer que todos aparentan, sino que estás comparando tu “detrás de escenas” a su vida editada. Nuestros amigos se han convertido en micro-influencers y han creado su propia marca. Le hablan a la cámara y comparten su “día en la vida”. Creamos un personaje en línea que no siempre se refleja en la realidad, no porque queramos ser famosos– habrá quien si— pero mas bien porque ese es el comportamiento que se espera de ti si quieres participar.  Porque, claro, no participar sería… como no existir. 

¿Para quién estamos documentando? ¿Qué pasa con la memoria de la experiencia una vez que la editamos para ser algo que valga la pena publicar? Irónicamente lo que perdemos es la esencia de aquello que estamos intentando preservar. Vivimos menos presentes. Pensando en agradar al algoritmo que nos recompensará en el gran escenario de la vida. Queremos que nos miren, que nos aplaudan, que admiren cómo vivimos nuestras vidas. No todo lo que vale la pena recordar pertenece en un escenario con una audiencia. Se vale tener un álbum de fotos sin publicar, nadie lo va a aplaudir y aun así cuenta. 

No es que las redes sean el enemigo. No lo son. Las plataformas que frecuentamos son un lugar genial donde nos podemos inspirar, donde podemos compartir y conectar. Y no es que aquellos de nosotros que caemos en el juego de curar nuestras vidas seamos mentirosos. El problema es lo que editamos y la presión de hacerlo. 

Quizás, tu cocina no necesita estar impecable. Tal vez no necesita la luz tenue de una vela recién encendida. Y no todo tiene que ser color beige ni digna de un “like”. Al igual que la cocina, si nadie fotografiara tu vida, ¿la vivirías igual?

Las preguntas no terminan aquí; puedes compartirme las tuyas en: vanessaporras.art@gmail.com

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