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Zulma Astrid Guarín

A veces basta con mirar por la ventana para entender lo que el alma todavía no ha querido aceptar. Los árboles, en su silenciosa sabiduría, no se resisten. No luchan. No cuestionan. Cuando llega el otoño, simplemente sueltan. Dejan ir sus hojas, doradas, rojas, marrones, ocres,  como quien se despide de lo que alguna vez fue parte de sí, pero ya no puede quedarse. Y aún así, lo hacen con belleza.

No hay drama en su desprendimiento, solo una sinfonía de colores que cubre las calles como una alfombra de despedida. No hay miedo al vacío, solo una confianza ancestral en que la vida volverá a brotar, cuando el frío pase, cuando la tierra lo permita.

El otoño nos recuerda algo esencial: la pérdida no es el final, sino el comienzo del descanso necesario para renacer. Los árboles no se culpan por quedarse desnudos. No sienten vergüenza por mostrarse vulnerables ante el viento. Y, sin embargo, ahí están, firmes. Con raíces profundas. Con la promesa callada de que la primavera llegará.

¿Cuántas veces nos hemos aferrado a personas, trabajos, historias o versiones pasadas de nosotros mismos que ya cumplieron su ciclo? ¿Cuántas veces hemos temido que al dejar ir algo, quedaríamos vacíos para siempre?

El otoño nos invita a soltar. No desde la resignación, sino desde la confianza. No desde el miedo, sino desde el amor. Nos recuerda que dejar ir no es sinónimo de perder, sino de hacer espacio.

Hay algo profundamente conmovedor en la forma en que la naturaleza se viste de gala para despedirse. No se va en silencio. No se apaga. Nos regala un espectáculo vibrante antes de recogerse hacia adentro. Rojos intensos como la pasión. Dorados como la sabiduría. Marrones como la tierra fértil que todo lo transforma.

Es como si la vida nos dijera: “Aún cuando me voy, aún cuando cambio, aún cuando parezco desaparecer… sigo siendo hermosa”.

Y nosotros también. Aun en medio del cambio, del duelo, del cansancio. Aun cuando no entendemos del todo lo que estamos dejando atrás. También somos bellos en nuestra transformación.

Hay días de otoño en los que el viento parece querer llevarse todo: las hojas del suelo, los sombreros de los niños, las certezas que pensábamos inmovibles. Sopla con fuerza y nos obliga a cerrar los ojos, a ajustar el paso, a abrazarnos más fuerte. Y sin embargo, ese mismo viento es el que limpia el aire. El que deja espacio para que lo nuevo llegue.

Observar un árbol en otoño es ver una lección viva de resiliencia. No necesita aplausos. No espera reconocimiento. Solo hace lo que le corresponde: confiar en su proceso natural. En medio de nuestras propias tormentas, del cansancio de ser fuertes, de las responsabilidades que a veces nos abruman, el árbol sigue ahí. Mostrándonos que no hay que temer al invierno si sabemos que llevamos primavera por dentro.

Aunque parezca contradictorio, el otoño es una estación profundamente esperanzadora. Porque todo lo que se cae, lo que se marcha, lo que se transforma… prepara el terreno para lo nuevo. Las raíces se fortalecen. La tierra respira. Las semillas se recogen bajo el abrigo de la hoja caída. El ciclo continúa, incluso cuando no lo vemos.

Y así es nuestra vida también. A veces, los períodos de mayor oscuridad son los que están preparando nuestro mayor florecimiento.

Hoy quiero invitarte a mirar el otoño no como un final, sino como una danza del alma con la naturaleza. Que cada hoja que cae te recuerde que no eres menos por dejar ir. Que cada ráfaga de viento te abrace y te susurre que el cambio no solo es necesario… es sagrado. Que cada tono dorado te hable de tu valor, de tu fuerza, de tu capacidad de transformarte sin perder tu esencia.

Hoy te invito a soltar con gratitud, a cambiar con confianza, y a esperar la próxima primavera sin miedo. Porque la vida, como los árboles, sabe cuándo es tiempo de dejar caer… y cuándo es tiempo de volver a florecer.

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