
Yo, como colombiano, he sido y sigo siendo víctima de fanatismo cultural hacia mi país de origen. Me han acusado hasta de no ser colombiano, por no hablar como en las novelas. Me han invitado a fiestas, con tal de que hable como en las novelas. Me han hecho las preguntas menos profundas sobre mi país. Y lo más grave, me han pedido que diga la palabra papasito.
Desde la última década se ha dado un impresionante auge de la colombianidad. Mejor dicho, desde que salió Netflix y las diferentes series sobre narcos se han vuelto populares. Y es que para nadie es un secreto que el pillaje, los filibusteros y la mafia son nichos de entretenimiento popular. Ese sentido de lo prohibido cala mucho en los consumidores de telenovelas y mitos. Como afirmaba el crítico literario M. Bajtín: la polifonía, múltiples voces en una narración, donde las ideas prohibidas o marginales pueden tener espacio.
Allí, sobre personajes polifónicos (como Scarface o Pablo Escobar), se centra esa voz de lo prohibido y marginal, de la astucia y de la confrontación irreverente contra la autoridad. El ingenio para delinquir. Ese tipo de personajes le encanta a nuestro cerebro. Es una droga emocional, adictiva, pero que a la larga nos desconecta de la realidad misma.
Nos produce placer y sentimientos de heroísmo. Hagan de cuenta que lo mismo sucede con el popular capitán Jack Sparrow. Personajes que vienen de la ficción realista, de una encarnación estética de algo que nada, pero nada, tiene que ver con la realidad. Precisamente es ficción. Es sencillamente la misma mitificación y glorificación de victimarios temidos, psicópatas y socialmente marginados, cuyos medios fueron particularmente macabros.
Los piratas, asesinos a sueldo, crueles y mafiosos. Escobar, un temerario narco, sangriento, despilfarrador, poderoso y magnate. Todas sus secuelas son negativas: muchos siguieron su lugubre ejemplo, otros fueron sus víctimas de su tortura sociopolitica y de su terrorismo barrial. Esta ignorancia de la historia hace ver a un victimario como un visionario. Y a sus víctimas las relega, las olvida y las invalida.
¿Cuántos fueron víctimas directa o indirectamente de la violencia demoníaca de los 80 y 90 en Colombia? ¿Se lo ha preguntado antes de pagar por conocer los casi 200 hipopótamos famélicos de la hacienda Nápoles? Hoy Medellín y Colombia en general tienen uno de los índices más altos de tráfico sexual infantil. Todas estas producciones pornomiseria, lo que han hecho es, de cierta manera, legitimar la ilegalidad, la pedofilia y la hipersexualización de la cultura.
Mi pregunta radica en cómo están nuestros niveles de desinformación y fanatismo cultural, como para reducir un país a una sola persona, a una sola novela, a un acento. De esta manera se confunde el consumo amarillista y fantasioso con la ficción cubierta de realidad. En estas nuevas generaciones sufrimos de un impulso colectivo por tener dinero de maneras que parecen fáciles, pero que en realidad son más difíciles que cualquier otro trabajo. Ser mafioso, en otras palabras, es mil veces más difícil que ser un médico: Asuntos de qué ocuparse, personas que eliminar, una economía del crimen que sostener y maneras creativas para eludir la legalidad; en la cual la máxima aspiración es la cárcel o la muerte. Todo esto es asquerosamente difícil, como para que alguien te lo venda como divertido.
Pero aun así, quieren ir a conocer la tumba de un tal Escobar, solo ir a Medellín a que le digan papasito al oído. Por favor…el sueño colombiano es nada más y nada menos que pura producción novelesca. Una invención de la novela picaresca, sicaresca. Una industria que te vende la muerte y la degradación social como algo heroico, visitable y turístico. Gracias a este impulso cultural, Colombia se ha visto como un paraíso para visitar.
Nos reducen al acento paisa (aquel que se habla en Medellín). Se olvida que, como en cualquier otro país del mundo, una región es sustancialmente diferente a la otra. Que no todos los colombianos decimos papasito, o que somos una raza que solo exporta las dos sustancias psicoactivas y populares del planeta: la coca y el café. Se olvida que hay 6 regiones, con 12 dialectos principales, que se hablan alrededor de 65 lenguas indígenas, y que es por esto —y por muchos otros atributos naturales— el segundo país más megadiverso del mundo.
¿De verdad quieren ir a una ciudad caótica, súper inflada en rentas a corto plazo, crimen descontrolado y tasas gravísimas de prostitución infantil? Vayan si quieren a Medellín, pero a comer en el Pueblito Paisa, a ver Guatapé o montar en su moderno metro, a ver el clásico futbolero de la ciudad. Pero también vayan a ver las ballenas en Nuquí, que se bajan miles de kilómetros por la costa pacífica desde norteamérica. Vayan al Caribe, al Amazonas, pulmón del mundo, al cañón del Chicamocha, más profundo incluso que el Gran Cañón del Colorado. Vayan a Caño Cristales, al Parque Tayrona, a San Andrés Islas, a recorrer Bogotá en bicicleta. Por favor, vayan a esto y a mucho más. Pero por favor, no me pidas que te diga papasito.
