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Felipe Perez

El país del Sagrado Corazón, es la tierrita donde yo nací. Consagrado al Sagrado por un presidente conservador, después de la terrible guerra de los mil días. Aunque queda en el ecuador, es tierra bipolar: porque a veces se ve como el territorio del Sagrado, a veces como el Platanal: término no muy positivo, cuando nos tierrita, nos enfada o nos saca la piedra.

Dicha bipolaridad nace a la vez de lo extremadamente bueno, y lo extremadamente malo de un país intenso como el nuestro. Pero hoy, me quedo con lo mejor: la hospitalidad de la gente. Y no precisamente me refiero a la grave crisis hospitalaria que atraviesa el territorio, sino más bien al sustantivo femenino, singular y abstracto: el acto de recibir bien al extranjero, atenderlo como merece, y hacerlo sentir como en su casa.

Sí, somos hospitalarios, cierto. Queremos que los extranjeros sientan visceralmente lo nuestro, que experimenten en carne propia nuestras bondades. Bueno, eso claramente lo heredamos de los indígenas, que en su sentido pragmático y pacífico, abrieron sus puertas al inmigrante europeo en la mayoría de los casos sin mostrarse hostiles.

Pero para mí es más falta de plata, que hospitalidad. En realidad es que la vaina ‘ta jodida mano. Al ser usuarios de una moneda súper inflada, si que necesitamos esos verdes, esos Benjamin Franklin nos miran con esos ojitos de yo no fui, de úsame y guárdame en tu cartera, caliéntame con la colita dentro la billetera.

A veces pienso que ha habido más saqueos de billeteras a los turistas distraídos en las playas de Cartagena de Indias, que todo el oro que nos robaron. Es una manera en que la historia se ha vengado, definitivamente.

Pille, en la conocida Medallo, por ejemplo, la vaina se pone más bacana. Antes te recibían en su casa, pero ahora ya no existen casi. Ahora se llaman Airbnb. Y si no eres paisa, eres una dulce víctima de su hospitalidad vampirezca. Un paisa no te habla, te vende. Seguro, sales con algo a lo bien. Te hacen el amor con las palabras.

En la capital Ta-Bogo, es una experiencia más intelectual. El rolo, con su voz chillona y fantasmagórica, quiere igualarse al extranjero, porque nos creemos tan inteligentes como ellos. A veces no queremos su dinero. Queremos medrar. Puede que busquemos casar un australiano papacito, o esa francesita de intercambio pa’ invitarla a un cafecito en Juan Valdez. Queremos que hablen bonito de nosotros cuando regresen a sus países desarrollados. Algún día, hablarle a, ¿Quién? 

Sabrá mandrake… pero es que queremos perdurar en sus mentes para siempre.

En Cali, mirá, en cambio te van a poner a bailar, a comer aborrajaos, a probar toda su comida, un par de chelitas, y a darse un rolis por la sexta en una motico. A ir a un partido de fútbol pa’ ver a La Mechita (América de Cali), o rumbiar con un buen parche en una cabalgata.

En la costa caribe, la cosa se pone un poco etílica. Los decibelios suben, los vecinos no duermen, mejor dicho se emborrachó la policía. Van a querer que te bebas hasta el agua del florero, y dejarte con un guayabo que nunca se te olvide. Luego llevarte al Carnaval de Barranquilla, ir al Parque Tayrona. Recuerden que ellos son la obsesión monetaria. Pero igual van a hacer hasta lo imposible para que la pases vacilao.

Pero lo más chimba que te va a pasar, lo encuentras en la Colombia rural. Allí no le ponen tanto misterio a la guevonada. Realmente si que te van a abrazar, te pelan una gallina, la ponen en un caldo con buen platanito, yuquita y menudencia, mientras te echan una buena historia que raye con el realismo mágico. Y solo falta que te den la comida en la boca. Eso sí, te van a poner a caminar como nunca, y te van a presentar a la tía, prima, sobrina, madrina y hasta la bisabuela que conoció a aquel presidente del que les hablaba al principio.

Ni hablar del lenguaje, nuestra verdadera moneda. A todo le ponemos el sufijo -ito/-ita. Mijo ¿Qué se toma… una aguapanelita con cafecito, tintico, frijolitos. ¿Lo prefiere con arrocito, o arepita? O sino cuando usamos los términos de tratamiento afectivo: Hola mami, en qué le puedo ayudar hoy amor, Que dice papi, Pa… póngame mil de pancito… O las reservas lingüísticas católicas: cuando a tu mamá le contestas el teléfono de la siguiente manera: mamá: bendición, en vez de aló. O el famoso ¡Mi Dios le pague! ¿Oyó?. Dios mediante, Ave María Purísima, qué lindo está ese cacharro.

El lenguaje, como dije, vale más que el peso, pero obviamente menos que el dólar. Así, con nuestra hospitalidad buscamos mostrar quiénes somos, como lazarillos que buscamos medrar, conseguirnos la papita o el pan de cada día. También buscamos hacer amistades, cambiar la imagen de un país sacudido por la violencia y el narcotŕafico. Buscamos el amor en el extranjero. Somos medio idólatras con el de afuera: entre menos pigmentación en la piel, más divinidad. 

¡Leven Anclas!