Ser madre
Monica Muniz

Tuve un sueño en el que estaba en el universo rodeada de cientos de bebés. Todos eran de diferentes formas, colores y razas. Eran tan adorables. Unas semanas después me di cuenta de que no había tenido mi período. Me hice una prueba de embarazo y salió positiva. Llamé a mi mamá y le dije que tenía un regalo para ella, pero que tendría que esperar nueve meses. Ella respondió, “Mija, soñé con una niña jalando tu vestido”. Pensé, bueno, voy a tener una niña. Mamá siempre sabe. Cuando se lo dije a mi papá, hizo una de sus clásicas respuestas de Mariano, “¡Ijolamija!”.
Cuando fui al doctor, quiso programar un ultrasonido para ver cuántos bebés estaban creciendo dentro de mí. El sonido de su corazón es algo que jamás olvidaré. Cuando el doctor preguntó si quería saber si era niño o niña, fue como si ella estuviera escuchando. Se detuvo y se dio la vuelta. Lo supe, era una niña.
Hice un plan detallado de cómo quería que fuera mi experiencia de parto. Empezando por la música, Vivaldi. Quería que su padre, Eddie, la recibiera y la colocara sobre mi pecho. Ella arqueó la espalda y me miró directamente a los ojos. Yo la miré y le dije, “Dios es amor y el amor es Dios”. Mientras descansaba sobre mi corazón, entré en un estado de amor pleno y absoluto. Sentí que llenaba la habitación con una luz resplandeciente.
Quería un nombre que reflejara mi herencia latina, algo único. Encontramos el nombre Ixchel. Ixchel es la diosa del arcoíris, de la cosecha, la fertilidad, los negocios y el amor. También es la patrona de las artes, los textiles, la pintura, la medicina y la sanación. Pensamos, “¡Es un nombre muy completo!”.
Decidí criar a mi hija sin miedos. No me di cuenta de que aún así tendría que enfrentar los míos a través de ella. Tuve que enseñarle a no recoger viudas negras ni nada venenoso porque ella no conocía el miedo. La crié diciéndole siempre la verdad, incluso cuando le resultaba incómoda, como cuando aprendió sobre la menstruación o cómo nacen los bebés. También le expliqué que su cuerpo era un templo, un regalo, y que cuando estuviera lista para entregarse a alguien, sería su decisión y de nadie más.
Vengo de una línea de mujeres fuertes, valientes e inteligentes. Les encantaba bailar, cocinar, cantar, tocar el piano, tejer y bordar, y sabían cómo sanar. Mi bisabuela Sabas nació en San Juan de los Lagos. Cuando su esposo comenzó a engañarla, empacó sus cosas, llevó consigo a su madre, Mamá Damiana, y a sus dos hijas, Dolores y mi abuela Juanita, y se mudó a Estados Unidos a principios del siglo XX.
Mi madre tenía una voz hermosa y un gran sentido de la moda. Pasó de ser secretaria en una compañía de seguros, usando tacones, sombrero y guantes, a convertirse en una vaquera que cortaba leña, manejaba armas y cazaba venados cuando se mudaron de Texas a Nuevo México. Todo lo que se proponía, lo lograba.
Cuando llegué al mundo, estaba lista. Nací en Española, Nuevo México, el 11 de julio de 1965.
Tuve muchos amigos navajos, zuñis, lagunas y pueblos originarios. Solíamos jugar en las colinas, donde encontrábamos fragmentos de antigua cerámica indígena y piedras fascinantes. Aprendí a hablar un poco de navajo y disfrutaba de muchos alimentos tradicionales en el mercado. Las mujeres hopi horneaban pan al aire libre en hornos de barro; los navajos preparaban maíz tostado, carne de carnero asada con chile verde y pan frito. Al crecer entre comunidades indígenas y mexicoamericanas, escuché muchas historias sobre las curanderas y los hombres medicina.
Durante mi adolescencia comencé a desarrollar mi intuición y, a través de mis sueños, veía tanto lo bueno como lo malo de lo que estaba por venir. A mi familia le costaba relacionarse conmigo. Yo cuestionaba todo. La respuesta de “porque yo lo digo” no funcionaba conmigo. Quería saber por qué. Quería explicaciones. Quería la verdad. Empecé a expresar mi verdad desde muy joven. Eso no fue muy bien recibido cuando comencé a cuestionar a la Iglesia Católica. Más tarde aprendí que el uso de malas o rosarios puede estimular la glándula pineal, favoreciendo una mayor intuición, claridad mental y conciencia.
Mis padres se divorciaron cuando yo tenía ocho años. Ayudé a criar a mis dos hermanos menores. José nació sordo y tiene necesidades especiales. Fui la primera persona de mi familia en aprender lenguaje de señas. José y yo compartimos una relación muy especial. Soy su protectora incondicional y él es mi más grande maestro.
Nos mudamos a Colorado en 1988. Fue aquí donde me encontré a mí misma a través de la danza del vientre, el manejo de fuego, el canto, la creatividad en el estilismo y una profunda práctica espiritual que me acompaña cada día.
Durante los últimos dos años de vida de mi madre, ella vivió con mi esposo y conmigo. Sabía que esta era mi oportunidad para sanar nuestra relación. Quería que, cuando volviéramos a bailar juntas en otra vida, nuestra historia estuviera llena de más amor que de conflictos. Yo había sido una adolescente rebelde.
Disfrutamos muchos conciertos, mercados de agricultores, viejas películas del oeste y momentos cocinando juntas. Mi madre era una gran narradora de historias. La llevé a las Cavernas para escuchar tocar a la banda de mi esposo y, cuando vio el tobogán alpino, dijo, “¡Quiero subirme!”. Seguía siendo intrépida incluso después de los 80 años.
Mi ritual favorito era arroparla por las noches y abrazarla. Atesoraba esos momentos tiernos y llenos de amor porque sabía que mi mamá no estaría aquí para siempre.
Un día regresé a casa para almorzar con ella. La encontré acostada en su cama. Tenía los ojos abiertos, pero no respondía. Necesitaba una cirugía de corazón. Habíamos hablado sobre la posibilidad de que no sobreviviera. Sabía que quería ser cremada y que deseaba una Celebración de Vida con temática vaquera.
Al día siguiente de su fallecimiento, estaba sentada a la mesa del comedor cuando vi una luz brillante y ondulante, como si fuera agua.
Le pregunté, “¿Eres tú, mamá?”. La luz siguió brillando unos momentos más y luego desapareció.
