Artista existencial
“Viva la vida, Sandias 1954”, fue la última pintura en óleo de Frida Kahlo. Al final de su vida, Frida se alejó de sus temas típicos, y pintó más obras de naturaleza muerta ya que su estado de salud no le permitía pintar obras más detalladas. En 1953, apenas un año antes de su muerte, tuvo que tener su pie derecho y parte de la pierna debajo de la rodilla amputada a causa de una gangrena. De este evento nació el famoso dicho, ¿“Pies para que los quiero si tengo alas pa’ volar”? Frida es simbólica no sólo por su talento, ni siquiera por el feminismo que ahora representa; sino por su determinación al vivir.
Como muchos fanáticos, estuve la gran parte de mi vida soñando con el día en que pudiera visitar La Casa Azul en Coyoacán. Muchos advierten, “no conozcas a tus héroes”, por si no son lo que aparentan una vez que los tengas de frente. Frida para mi, como para muchos otros, era una figura fuerte, de pensamiento libre e independiente que le importaba poco lo que los demás pensaran de ella. Vivió su vida al son de su tambor y saboreaba el desdén de los demás.

El día que tuve la oportunidad de visitar la casa que un día fue su hogar, hoy en día convertido en un museo preservando su legado e historia, pensé que sería como entrar al escondite de una revolucionaria semejante a Pancho Villa o yo qué sé. Me imagine tal vez algo más frío o rígido, algo que demostrara esa misma fachada áspera que aparentaba.
En cambio, cada habitación tenía un aire de ternura y vulnerabilidad. Sentí como si estuviese invadiendo algo privado, como si a cada vuelta de la esquina ella estuviera ahí al final del pasillo exigiendo una explicación de porqué estaba en su casa. A pesar de ser un tour donde caminas en fila con un sin fin de gente detrás y en frente de ti, tenía la impresión de estar sola. Como cuando entras a la recamara de tu abuelita sin permiso y a través de sus cosas empiezas a conocer su vida “secreta”. Si era un escondite, pero uno que le permitía quitarse la máscara.
Vi sus muñecas, y pensé en la niña con polio y lo difícil que ha de haber sido no poder jugar como todas sus hermanas. La soledad que la llevó a crear amigos imaginarios. Vi su cama, y lo único que vi fueron las horas que se convirtieron en años postrada en cama con un dolor crónico que solo empeoró al pasar de los años. Vi sus vestidos, y pensé en todo lo que llevaba debajo para esconder el cuerpo mutilado que le dejó el accidente de tranvía. Camine por su jardín, y recordé un video que se tomó con Diego Rivera, el gran amor de su vida, e imagine su vida si hubiera podido cumplir su sueño de ser madre y tener a sus pequeños correteando por el patio.
Su dolor no es algo nuevo ni desconocido. Habrá quien dirá que se lo gritaba narcisisticamente a los cuatro vientos, pintando tragedia tras tragedia intentando procesar su propia vida.
Terminado mi tour llegue a la hoja de cuaderno enmarcada, el famoso pie amputado rodeado de espinas con la frase resiliente y ciertamente indignada, ¿“Pies para qué quiero…”?
¿Si la vida ya te ha quitado tanto, que más da un pie?
¿Quién no se llenaría de rabia y amargura con tantas desdichas?
Sin embargo, a pesar de toda una vida de infortunio, aún seguía enamorada de la vida. El siguiente cuadro también fue su último, “Viva la vida”, tallado en una sandía, un mensaje efímero y final de resistencia. Frida falleció el 13 de julio de 1954 a los 47 años, es mismo año que completó esta obra. A pesar de todo el dolor, su deseo de vivir fue más grande. De todas sus obras, esta se ha convertido en mi favorita. Todo llega a su fin, Frida concluyó su vida con determinación y terquedad a vivir a pesar de todo, dándole gracias a la vida, su última carta de amor pero al estilo Frida, dejándonos saber que al final ella ganó.
“Espero que la salida sea alegre y espero no volver nunca más” – Frida Kahlo
