Cuando era niño, mis padres fueron muy claros. Si iba a ser bueno en algo, tenía que ser en la escuela. El plan era sencillo: echarle ganas, sacar buenas calificaciones, ganarme una beca, agarrar mi diploma y abrirme las puertas a la clase media. Era como un mandamiento.

La universidad significaba no tener que trabajar tan duro ni con tanta urgencia como mis padres. Una vida mejor era posible si yo trabajaba duro. Y así hice todo lo posible por cumplir esa promesa. 

Se ha hablado mucho de cómo el valor de un diploma está bajando y de cómo los trabajadores con estudios universitarios tienen cada vez más dificultades para encontrar trabajo. Las encuestas de acuerdo al Gallup World Poll sugieren que aproximadamente uno de cada cinco trabajadores con diploma universitario dice que ahorita es un buen momento para encontrar trabajo, comparado con uno de cada tres trabajadores sin diploma. Es una estadística que me preocupa. En el Valle de Roaring Fork hay familias de estatus mixto que le están apostando todo a que sus hijos entren y se gradúen de la universidad. Si el diploma vale menos que antes, me preocupa lo que eso significa para los padres y estudiantes latinos que podrían descubrir que la promesa no resultó como esperaban. 

Me gradué durante la pandemia de COVID-19. El mundo se detuvo y lo único que tenía para defenderme era un diploma, que rápidamente aprendí que no valía mucho en medio de un colapso económico. Mi vivienda en el campus había estado cubierta mientras era estudiante, pero el día que me gradué, el piso desapareció. Había hecho todo lo que mi familia y yo nos habíamos propuesto, y asumí que eso significaba que la prosperidad estaba a la vuelta de la esquina. 

El diploma ya estaba en mis manos, solo tenía que cambiarlo. Así que sentí una presión enorme, no porque alguien me estuviera empujando directamente, sino porque podía sentir el peso de todo lo que se había sacrificado para llevarme hasta ahí. Y tenía que demostrar que valió la pena. 

Por suerte, agarre trabajo durante el fin de verano. No tenía nada que ver con mi carrera pero era trabajo estable en un momento históricamente inestable. Unos años después encontré mi camino hacia el área que estudié, y ahí he estado desde entonces. Uso la palabra “suerte” a propósito. Si las circunstancias hubieran sido un poco distintas, mi vida hoy sería completamente diferente. 

Cuento esa historia porque creo que el clima económico de hoy está generando el mismo terror existencial y cultural que generó el COVID. El pesimismo en el mercado laboral que está golpeando a los trabajadores jóvenes en este momento tiene el potencial de tener consecuencias a largo plazo. 

Las familias piden préstamos, agotan sus ahorros y reestructuran sus vidas enteras alrededor de la promesa de que la educación rinde frutos. Cuando no es así, una cantidad enorme de lucha, culpa y resentimiento puede existir cuando un estudiante de primera generación tiene que regresar a casa y explicar que se quedó corto a pesar de haberlo dado todo. 

Si esto sigue así, y creo que seguirá, la respuesta de las familias inmigrantes no será alejarse de la educación ni dejar de inmigrar. Al contrario, van a redoblar esfuerzos. Más actividades extracurriculares, escuelas más prestigiosas, préstamos más grandes. En cuanto a los estudiantes, creo que la brecha entre de dónde parten y a dónde necesitan llegar se va a ir haciendo más grande, y van a esforzarse más para intentar cerrarla. Noches más largas, trabajos extra, carreras en áreas que quizás no les gustan pero que son “financieramente responsables”. 

Las familias latinas no serán las únicas en sentir esto. Pero hay algo particular en crecer en un hogar inmigrante que hace que las oportunidades se vean frágiles. Por eso ver que una de esas oportunidades pierde su valor me parte el corazón, porque siempre asumimos que iba a estar ahí para nosotros mientras trabajáramos lo suficientemente duro. 

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