Cuando Fray Martín de Porres azotó al mismísimo demonio.
Fray Martín de Porres fue un religioso de origen peruano, bien conocido por su humildad, caridad y servicio a los más necesitados. También llamado San Martín de Porres o el mulato de la caridad, sus virtudes eran notables, especialmente su humildad y su extremo compromiso con el servicio a los pobres.

A Fray Martín se le atribuyen dones sobrenaturales como curaciones milagrosas, bilocación y levitación. Pero hay un acontecimiento en particular que resalta entre todos los milagros de su vida. Aquí se los cuento…
Fray Martín solía frecuentar la enfermería de la residencia, ubicada cerca de su dormitorio. Allí atendía con amor y dedicación a los enfermos y dolientes. Para llegar con mayor rapidez y eficiencia, tomaba un atajo: una escalera oculta y austera que pocos conocían.
Una noche, Fray recorría aquel sendero secreto y oscuro, con los brazos cargados de ropa limpia para cambiar a los enfermos y un pequeño brasero encendido a sus pies. En ese momento, todo comenzó a cambiar. Al acercarse al fondo de la escalera, presenció una escena tan sobrecogedora que podría haberle helado la sangre a cualquiera.
Un cuerpo monstruoso y deforme bloqueaba el camino. Tenía ojos blancos que lo miraban fijamente con odio y una maldad funesta. No cabía duda: se trataba del mismísimo demonio.
Martín, intrigado, se acercó y le preguntó con la calma que solo otorga la fe absoluta:
—¿Qué haces en este lugar, miserable?
El espíritu soberbio, contestó con una voz melosa y calmada:
—Estoy aquí porque se me da la gana… y porque hoy gano yo, y quiero sacar provecho…
—Regresa a la caverna de donde saliste —le ordenó el Santo con firmeza.
El demonio desafiante, permanecía firme, negándose a ceder el paso con una sonrisa de odio. Fray Martín, consciente de que no valía la pena gastar palabras con el maligno y que su deber lo urgía, optó por actuar con prisa.
Puso con cuidado el brasero y las ropas a un lado, se quitó el cinturón de cuero de su hábito y, con determinación, azotó al espíritu inmundo con fuerza. A pesar de que aquel ser carecía de cuerpo físico, los golpes espirituales e impulsado por la fe, lo alcanzaron con vehemencia.
Al comprender que no podría vencer al fraile ni provocarlo a un enfrentamiento, la criatura infernal se desvaneció sin resistencia.
Martín, entonces, tomó un tizón encendido, trazó con él una cruz en la pared y se arrodilló para dar gracias a Dios por el triunfo. Sereno, retomó su camino hacia la enfermería. Así enseñó este Santo, a no perder el tiempo con el demonio ni sus cosas inútiles, y a utilizar el látigo de la fe y el espíritu para darle un golpe de autoridad al mal.
