Arte por Jacquelinne Castro

PRÓLOGO

Los indígenas americanos, antes de la invasión de los españoles, poseían la mayor reserva de oro del globo. Irónicamente, el oro tenía para ellos un valor espiritual, no monetario. No hacían negocios con él, tampoco lo intercambiaban ni lo extraían para venderlo. Para los pueblos indígenas americanos, el oro era un símbolo sagrado, una moneda ritual con la cual adoraban a sus dioses y purificaban sus comunidades.

Pero cuando los españoles llegaron a América, descubrieron la extrema abundancia de oro que poseían sus gentes. A diferencia de la bonanza en California o Colorado, este metal precioso ya estaba extraído, manufacturado y distribuido como polvo o decoración en muchas aldeas. Enloquecieron. Literalmente comenzaron a obsesionarse con llenar barcos de oro, mandarlos a Europa, pagar tributos al Rey y, de paso, quedarse con el resto saqueado. Ante tanta abundancia y aparente gratuidad, se avivó la antigua leyenda de El Dorado.

Les voy a narrar la única leyenda que conozco que tiene un referente real. Es decir, sí ocurrió en la historia, y hay documentos que lo evidencian. Resulta que, en los alrededores de la actual ciudad de Bogotá, vivía la cultura Muisca, un pueblo indígena económicamente activo y guerrero. Tenían una laguna sagrada que les servía como templo: la laguna de Guatavita.

Allí se realizaban rituales cada vez que se nombraba un nuevo líder. En su lengua lo llamaban ‘cacique’. Pero no era tarea fácil: al futuro cacique se le sometía a duras pruebas espirituales. Su misión era guardar silencio absoluto, ayunar y abstenerse de los placeres carnales.

Debía permanecer durante una semana entera en una maloca (centro espiritual indígena), o incluso en una cueva, sin ver la luz del sol, sin probar bocado, expuesto a todo tipo de tentaciones. Le enviaban mujeres para provocarlo, con el fin de probar su fortaleza. Le ofrecían manjares exquisitos para romper el ayuno y colocaban animales para tentarlo a hablar.

Si el candidato salía victorioso, el pueblo lo reconocía como jerarca. Entonces lo cubrían con polvo de oro y lo llevaban en una balsa al centro de la laguna para realizar ofrendas, que consistían en arrojar el oro al agua como tributo a los dioses. Durante los días de prueba, los sacerdotes también arrojaban joyas y minerales preciosos al agua, como ritual de fortalecimiento espiritual para el futuro gobernante.

Además, en repetidas ocasiones los muiscas lanzaban aún más piezas de oro a la laguna, en el marco de una leyenda ancestral. Según esta, la esposa del primer cacique, tras haber sido acusada de infidelidad, huyó con su hija para lanzarse a las aguas de Guatavita. Como nunca hallaron su cuerpo, el pueblo creía que su espíritu habitaba la laguna y que salía cada noche de luna llena a la superficie.

Todo esto ha llevado a pensar que esta laguna podría ser uno de los mayores depósitos de oro ritual del mundo. Los españoles, al enterarse, intentaron vaciar la laguna haciendo un boquete a punta de dinamita, picos y palas, utilizando mano de obra esclava. Muchos murieron en el intento, atrapados en el lodo.

Más tarde, en el siglo XX, una expedición coordinada por ingleses logró vaciar aproximadamente las tres cuartas partes de la laguna. Encontraron innumerables piezas de oro. Muchas fueron saqueadas, otras hoy reposan en el Museo del Oro de Bogotá.

Sin embargo, nunca pudieron vaciarla por completo, ya que el fondo estaba cubierto por una capa profunda de sedimentos y lodo. Los muiscas aseguraban que la laguna no tenía fondo. Científicamente sí lo tiene, pero nadie ha podido explorarlo del todo, precisamente por su naturaleza lodosa e inestable.

En otras palabras, los indígenas no estaban equivocados: conocían perfectamente su entorno. Técnicamente, nadie ha visto jamás el fondo real de la laguna de Guatavita. Ni los españoles, ni los ingleses, ni National Geographic, ni la BBC, ni Discovery Channel, en ninguna de sus expediciones modernas o antiguas.

Se dice popularmente que un español llamado Antonio de Sepúlveda fue víctima de la llamada “fiebre del oro”, una enfermedad espiritual que surgía por la obsesión extrema con la riqueza. En el antiguo pueblo de Guatavita, esa fiebre esquizofrénica lo llevó a la muerte, intentando encontrar todo el oro sumergido en la laguna.

Leyendas a la oscuridad de la luna