Leyendas a la oscuridad de la luna
Daniel Torres
Aticama significa “lugar de la boca de agua” en Náhuatl.
Aticama es un paraíso tropical con una rica cultura gastronómica y agrícola, influenciada sobremanera por las comunidades originarias, europeas y asiáticas, que han habitado las montañas selváticas y los hermosos ríos que desembocan en las playas del Océano Pacifico, además de su proximidad al histórico puerto de San Blas.
Este es el contexto en que nace Pedro Alonso Fraile de la Montaña, en el año transitorio de 1540, hijo del importante comerciante portuario Antonio Alonso Fraile de Guevara y Marina Leonor de la Montaña Guzmán, la principal amante y segunda esposa de Antonio. Tras el fallecimiento, en sospechosas circunstancias, de su primera esposa. Pedro Alonso, como hijo único de comerciantes, con herencia de dinero viejo que se remontaba a las primeras conquistas de Nueva Galicia, donde su antepasado Luis Fraile, había combatido cuerpo a cuerpo junto a los distintos nativos incorporados a las filas europeas contra los inconquistables wixárikas, los Coras y Otomíes, o huicholes como su papá y todos les llamaban de manera despectiva y generalizada.
Por estos motivos es que Pedro Alonso fue criado con una educación y cultura distintas al resto, con un manejo de las matemáticas y la astronomía fundamentales para la navegación y los manejos de las mercancías del puerto, que sirvieron a la ambición familiar y acentuaron el racismo imperante de la época entre los jóvenes de alta alcurnia. Claro está que las leyendas de los piratas que asechaban a los barcos mercantes y después enterraban sus tesoros en las islas desiertas o las montañas selváticas, eran las charlas en la mesa de la familia Fraile de la Montaña. El resultado de todo aquello fue la de un ser sumamente religioso y supersticioso, además de codicioso y desconfiado que aun después de su muerte cuentan los más viejos habitantes de Aticama, ha llevado a la locura o la propia finalidad de la existencia a más de un hombre, que de manera desafortunada se han encontrada con Pedro Alonso, en vida o en muerte.
La desaparición de su padre ocurrió entre las montañas selváticas, en una excursión de búsqueda y eliminación de piratas que supuestamente rondaban la zona. Las búsquedas de los agentes portuarios al servicio del gobernador de Nueva Galicia, no se hicieron esperar sin embargo toda acción fue infructuosa. Las búsquedas se detuvieron y el racismo rencoroso de Pedro Alonso continuó agravándose, además de su desconfianza y espiritualidad retorcida.
Años después de la desaparición del padre y ya como gobernador del puerto, Pedro Alonso, había logrado ensanchar las arcas de la herencia familiar. Con su peculiar y austera forma de vida, gastando solo centavos y robando al por mayor a los comerciantes y piratas que por casualidad les llegaba la noticia de un puerto privado del señor Fraile de la Montaña. Allí compraba todo tipo de productos a mayoreo, sin importar que la sangre de los marineros europeos o la de los esclavos africanos, aún estuviera sobre las cajas y baúles repletos de especies o artículos de todo tipo. De esta manera Pedro Alonso navegó entre las leyendas piratas, como la de aquel pirata africano que había matado y enterrado a un par de hombres junto a sus tesoros, para que de esta forma lo cuidaran eternamente.
Así fue, como al final de los días malditos de Pedro Alonso, sin esposa, sin hijos, sin hermanos y gravemente enfermo, engañó a un par de jóvenes trabajadores del puerto que ocasionalmente le ayudaban a contrabandear especies a los puertos de Acapulco y San Lucas para transportar los distintos tesoros que había logrado ocultar entre la selva a lo largo de los años, no sin antes prometer una enorme fortuna que los haría morir y matar por ella. Promesa irónicamente cumplida con dos balas certeras que atravesaron los corazones de aquellos hombres. Pasando a esperar pacientemente, postrado sobre su tumba, la inevitable maldición que le acompañaría por el resto de su próxima existencia, junto a sus dos compañeros.
Se cuenta que en la profundidad de la selva, aún se pueden escuchar un par de balas que perforan el músculo de algún animal, seguido de gritos victoriosos y de lamento. Los más afortunados cuentan haber experimentado sensaciones de alta extrañeza, como fuertes mareos, náuseas y delirios de persecución. Los menos afortunados dicen haber visto destellos de luces verdes, seguidos de olores fétidos, ruidos extraños y voces en su cabeza que los aquejan durante meses, haciéndoles perder primeramente el pelo, y solo a algunos pocos, su cordura, llevándolos a perderse en las profundidades de la selva, guiados por las voces del fantasma que se llama a sí mismo Rey de Aticama.
