metas de año nuevo
En algún punto entre la primera semana de enero y este ritmo acelerado de “ya casi febrero”, el año empieza a sentirse de verdad. Se llenan los calendarios, vuelven las rutinas, y esa emoción del “año nuevo” se pone a prueba con mañanas frías, días ocupados y todo eso que nos prometimos hacer diferente.

Y aun así, aquí estamos: ya van tres semanas del año y seguimos dándole la bienvenida al 2026, pero de una manera más tranquila y profunda. No desde la perfección, sino desde la intención.
Porque tal vez recibir un nuevo año no es un momento que se marca el 1 de enero y ya. Tal vez es algo que se practica. Una decisión que se renueva semana a semana: todavía hay tiempo. Todavía podemos empezar de nuevo. Todavía podemos intentarlo mejor. Todavía podemos elegir.
Vivir en el valle, este valle que nos abraza con montañas, con mañanas claras y atardeceres que parecen pintados a mano, es una bendición que a veces se nos vuelve paisaje de fondo. Lo vemos todos los días… pero no siempre lo miramos.
A mí me pasa en el camino al trabajo. Salgo pensando en pendientes, en llamadas, en mensajes, en todo lo que falta. Y de pronto, ahí están: las montañas. Firmes. Inmensas. Silenciosas. Como si me recordaran sin decir nada que la vida también es esto: un instante de belleza que no nos cuesta nada, pero vale muchísimo.
Hay personas que darían lo que fuera por despertar con este panorama. Por tener un trabajo al cual ir. Por poder manejar de ida y de regreso con seguridad, con un café en la mano, con música, con un techo, con una rutina. Y no lo digo desde la culpa, sino desde la gratitud: no todo el mundo puede vivir lo que nosotros vivimos. No todos tienen las oportunidades que aquí se abren. Y si nosotros sí podemos, entonces tenemos un deber con la vida: honrarlo con respeto, con alegría y con conciencia.
Este 2026 no llega para que seamos perfectos. Llega para que seamos intencionales.
Para valorar el camino al trabajo y el regreso a casa como parte de la vida, no como un trámite. Para mirar a nuestro alrededor, respirar hondo, salir del piloto automático y recordar que el simple hecho de despertar ya es un motivo para seguir.
Nuevas metas, sí. Nuevas oportunidades, también. Pero sobre todo: razones renovadas para agradecer. Porque hay algo poderoso en reconocer que vivir aquí, en el valle, no es solo un lugar en el mapa. Es una forma de vida. Es un privilegio. Es una bendición.
Y si el valle nos regala belleza todos los días, lo mínimo que podemos hacer es devolverle presencia: vivirlo de verdad. Disfrutarlo. Cuidarlo. Y caminar este año con el corazón un poquito más despierto.
Bienvenido 2026… todavía. No porque estemos tarde, sino porque estamos vivos. Y cada mañana estas montañas nos recuerdan que siempre se puede empezar otra vez.
