Sopa de Letras

Diciembre marca el inicio de la temporada festiva, y para la comunidad latinoamericana, es un tiempo de alegría, celebración y unión. Entre estas tradiciones resalta la celebración del 12 de diciembre, Día de la Virgen de Guadalupe, profundamente arraigada en México y en los corazones como el de Doña Celia, que ha llevado esta devoción más allá de sus fronteras.

Imelda de niña, con su huipil, preparando tortillas para el Día de la Virgen. Foto de cortesía

Imelda Acevedo, Licenciada en Psicología, que ejerce su profesión en la Ciudad de Oaxaca, es originaria de San Juan Bautista, Valle Nacional, en Tuxtepec. La conocí porque estuvo modelando huipiles tradicionales de su región llamada Chinantla, para una amiga fotógrafa de Aspen que está registrando la importancia identitaria que tienen las prendas tradicionales en las culturas ancestrales de todo el mundo. Cuando hablé con ella me marcó profundamente su emoción al recordar cómo su madre, Doña Celia Jacobo, cultivó estas tradiciones en su familia, dejando un legado que perdura incluso en Los Estados Unidos. Dos de sus hermanos ahora viven en Los Angeles y Manhattan, respectivamente con sus familias, y, las mujeres visten orgullosas los huipiles que Doña Celia les heredó en el Día de la Virgen de Guadalupe.

Desde el 11 de diciembre, los preparativos comenzaban en su hogar. “Mi mamá, junto con mis tías y vecinas, preparaban tamales para los corredores o caminantes que llegaban después de cumplir su manda en la Basílica de Guadalupe. Ellos traían su antorcha y, tras la misa, compartían los tamales, el café y el atole con toda la comunidad”, relata Acevedo.

Los caminos de mi pueblo se iluminaban con veladoras y luces, mientras las vírgenes adornadas salían a las puertas y ventanas de cada casa guiando a los peregrinos hacia la iglesia. De niña, Imelda aprendió a preparar los tamales, desde moler el maíz hasta cocinar los diferentes guisos de frijol, especias y de dulce. Su hermano asumió la tarea de la carnicería, donde se sacrificaban los animales para las festividades, una tradición que la familia continúa hasta hoy.

Al día siguiente, se celebra la Misa de la Virgen y todas las mujeres lucían sus huipiles con todos los adornos: pulseras, collares de brillantes colores y cintas adornando las trenzas. Los bordados de estos huipiles los había hecho con maestría por Doña Celia, quien nunca se quedaba uno para ella misma. “Los vendía o los entregaba a quienes se los encargaban, siempre priorizando las necesidades de los demás. Cabe mencionar, que cada huipil le tomaba al menos 8 meses a mi mamá  para diseñar y bordar todas esas figuras y símbolos, es como una acta de nacimiento, cada figura significa algo; de dónde vienen y quienes son; como el árbol de la vida, los nidos con pájaros, las flores”, comenta Acevedo. Doña Celia tejía estas maravillas en las noches después de la jornada. 

“Ahora ha resucitado la labor del telar con el “ boom “de los telares de cintura y huipiles, pero yo de niña me resistía a ponérmelos. Mamá siempre nos insistió en llevarlos bien planchados para lucir de dónde éramos”, continuo Acevedo.

A pesar de no haber ido a la escuela, Doña Celia sacó adelante a sus ocho hijos con su ingenio, esfuerzo y habilidad para bordar, cocinar, sembrar y vender todo lo que producía con sus manos y experiencia. Sus hijos aprendieron a valorar sus raíces y a mantener vivas las tradiciones familiares, como la preparación del mole y el uso de huipiles tejidos a mano, sembrar y transmitir las recetas de esos guisos que acompañan las fiestas.

Hoy, Imelda honra la memoria de su madre a través del telar de cintura, una práctica que combina con su carrera como psicóloga. Cada sábado que puede, viaja a Usila para tejer junto con otras mujeres de su comunidad y poder dar continuidad a un arte que representa el espíritu de Doña Celia. “Cuando bailé La Flor de Piña con el huipil que hizo mi mamá, sentí que su alegría y espíritu estaban presentes en cada flor, ave y detalle del bordado”, recuerda con orgullo.

Esta historia no solo refleja la fortaleza de una mujer que transmitió un invaluable legado cultural, sino también la manera en que estas tradiciones trascienden fronteras y generaciones, recordándonos que nuestras raíces nos acompañan a donde quiera que vayamos.

En este diciembre, celebramos la capacidad de nuestra comunidad latinoamericana para preservar su identidad cultural y mantener vivas las enseñanzas de quienes han dejado una huella imborrable en nuestras vidas.