Hace un par de meses tuve la oportunidad de emprender un viaje por carretera de Colorado a Florida. Después de algunos meses de estancia, el retorno fue inevitable. El camino por el sur de Estados Unidos, más de seis mil millas de recorrido redondo, nos tomó varios días —y sus respectivas noches— de tránsito constante, deteniéndonos en gasolineras y áreas de descanso para revisar el estado de la camioneta y aliviar un poco la fatiga natural de un viaje tan largo.

El trayecto me llenó de nuevas impresiones. Internarse por los caminos aledaños a las grandes carreteras, atravesar pequeños pueblos —algunos que antaño parecían haber sido urbes culturales y económicas de gran relevancia—, ahora detenidos en el tiempo, conservando vestigios de herencias culturales francesa y española, mezcladas con la anglosajona, da como resultado una forma muy particular de argot, de cosmovisión, de costumbres… y de su innegable buen gusto culinario. 

Cruzamos grandes ríos y humedales del sur, como el Misisipi y las innumerables cuencas que se forman a su alrededor, creando uno de los ecosistemas naturales más importantes del país. Un lugar donde un sinfín de artistas han encontrado inspiración: B.B. King, Truman Capote, Mark Twain, Tennessee Williams o Jeff Buckley —quien incluso se entregó a las misteriosas aguas de alguna de estas cuencas del Misisipi.

Hablar del sur de Estados Unidos es hablar de interminables parcelas y campos ganaderos, formando un paisaje donde los ranchos de Nuevo México y los grandes cultivos de sorgo, trigo y maíz de Texas se mezclan con aerogeneradores y paneles solares. Es el reflejo del choque entre nuestra realidad como especie: la dicotomía entre las exigencias tecnológicas de la vida moderna y nuestras necesidades biológicas básicas. 

Hoy, comer y navegar por internet se han vuelto necesidades equiparables. Entre sombreros, caballos, las armas habituales del habitante del sur, anuncios de hoteles, restaurantes, expendios de marihuana y letreros patrióticos o de reclutamiento para el ejército o la marina, sentí un choque cultural profundo. A pesar de que el himno de mi patria siempre ha invocado la guerra, basta recordar aquella estrofa: “¡Oh, patria querida! que el cielo un soldado en cada hijo te dio” —y continúa— “¡Guerra, guerra! en el monte, en el valle, los cañones horrísonos truenen”.

Navegar por los pequeños caminos del sur es encontrarse de frente con los contrastes más nítidos de la mayor economía del mundo y uno de los imperios político-económicos más relevantes de la historia de la humanidad. 

Para una región que, presumiblemente, es la más pobre del país, esos contrastes se vuelven aún más crudos. Como en el Imperio Romano o el Egipto de los faraones, las desigualdades son constantes, latentes, insoportables. Alguna vez le pregunté a una persona de origen mexicano por qué creía que el sur de Estados Unidos era más pobre que otros estados, como Colorado. Su respuesta, cargada de prejuicio y racismo, se resumía en una sola frase: “Las personas que vivimos aquí —refiriéndose a Colorado— sí trabajamos”.

Hablar de pobreza se ha convertido en una especie de tabú para algunos habitantes del país, quienes suelen atribuirla al supuesto exceso de apoyo estatal o a una falta de voluntad para ‘progresar’ por parte del habitante del sur, particularmente entre las minorías. Ignoran las causas reales: desigualdad, racismo aún vigente y políticas agresivas hacia las minorías históricas —los pueblos originarios, los afroamericanos y, en la actualidad, los latinos.

 Incluso medios como Euronews han tratado el tema desde su propia óptica, con titulares como “El estado más pobre de Estados Unidos rivaliza con Alemania”, refiriéndose al PIB per cápita del estado de Misisipi. Notas que pretenden enaltecer el poderío económico de Estados Unidos —que, sin duda, es innegable— pero que ignoran y omiten la realidad del habitante común de esa región.

Según un informe reciente de la Comisión de Derechos Civiles de Estados Unidos, las principales causas del empobrecimiento de los estados del delta del Misisipi son: “el sistema de aparcería, las leyes de Jim Crow, la concentración de la riqueza en manos de una población blanca minoritaria, la privación de derechos políticos a los afroamericanos y la segregación social casi total de las razas, todo ello bien documentado y considerado como el factor más significativo en la situación actual de la región como una de las más pobres —si no la más pobre— del país, según prácticamente todas las mediciones socioeconómicas”. Aquí no tiene sentido hablar de falta de voluntad para progresar. El racismo sistémico es más que evidente.

En este viaje no solo crucé gran parte del país y tres zonas horarias distintas. También conviví con advertencias locales como: “No te metas en aquel bar, son extremistas blancos” o “En ese lugar te van a tratar mal por ser latino o por tu acento en inglés”. Nunca quise comprobar si era cierto o no. Lo asumí como un hecho. 

Conviviendo con personas que portaban pegatinas en la defensa de sus autos como: por ejemplo, siluetas de las características capuchas del K.K.K, la bandera confederada, imágenes de cuerdas al cuello o lemas como “fuera inmigrantes” o el clásico “no perros ni mexicanos”, cambiado por “ sí perros, no mexicanos”.  

Como bien afirma el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos: “Cuando el individuo se coloca por debajo del ‘no-ser’, se considera por debajo de lo ‘no-humano’. Este posicionamiento ontológico permite al individuo que está por encima del ‘no-humano’ cometer todo tipo de injusticias que, en sentido inverso, serían impensables”.

 Llegado a ese punto, lo acepté como una verdad: ese comportamiento abiertamente racista y absurdo sigue existiendo, y simplemente permití que siguiera su curso.

Sacando la filosofía a las calles