Por Angélica Breña

Sopa de Letras

Grupo del taller de Defiende Nuestra Tierra en Mayo. Foto de cortesia

“De colores se visten los campos en la primavera”, va la canción de la estudiantina que hemos escuchado los latinos desde siempre. En este valle los senderos y los jardines se llenan de flores y vegetación en mayo. Para mí, chilanga de hueso colorado, es un verdadero milagro que millones y millones de hojas vuelvan a brotar tímidamente, silenciosamente, con ese color tan tierno y delicado. Luego se desenvuelven, crecen brillando e intensificando su verdura, vistiendo a los árboles, arbustos, pastizales con un verde denso que invita a la fiesta y a cantar, sigue la estudiantina, “de colores son los pajaritos que vienen de afuera…” 

La semana pasada nos juntamos 23 mujeres latinas y dos hombres a probar los colores de Grizzly Creek en Glenwood y plasmarlos en papel con acuarela. Con la guía de la artista Missy Prudden, el patrocinio de Defiende Nuestra Tierra, a través de su director Omar Sarabia, y las participantes de la organización Valley Settlement logramos hacer una actividad que nos conecta con la naturaleza y nos ayuda a desplegar nuestra creatividad, así como esas hojitas que van abriéndose para que fluya la savia y la clorofila por sus venas. La llamamos “Aprendiendo a llevar un diario naturalista”.

El autor Richard Louv acuñó el término “trastorno por déficit de naturaleza”, en su libro “El último niño en los bosques” para describir la falta de conexión que los niños sienten cada vez más con el mundo natural. El trastorno por déficit de naturaleza, explica Louv, es un término que evoca la falta de comunión con otros seres vivos y afecta “la salud, el bienestar espiritual y muchas otras áreas, incluida la capacidad de las personas de sentirse en definitiva vivas”. Artículo del National Geographic el 30 de junio de 2013.

Prudden empieza siempre sus talleres con una invitación a permanecer en silencio y prestar atención a todo aquello que pasa por nuestros sentidos. Sí, se trata de percibir las sensaciones mientras estamos atentos a la naturaleza para conectarnos. Luego, nos ponemos a escribir en ese cuaderno o libreta lo que aún paladeamos: el trino de la curruca, el viento fresco en las ramas de los árboles, el amarillo intenso de la florecita de diente de leon, el croar del cuervo, las crestas blancas en las montañas o las caprichosas formas de las nubes. En esta era digital anotar en cuaderno las observaciones de la naturaleza resulta casi pintoresco pero está comprobado que el hecho de usar papel y lápiz ralentiza la acción de mirar y podemos llegar a la atención plena. Un clic en el celular no nos va a dar todos estos datos para formar un recuerdo.

“De colores es el arcoíris que vemos lucir”, sigue la canción con la mandolina. Las mujeres que participaron nos demostraron una facilidad asombrosa de atreverse a explorar sin inhibiciones ni barreras. Se echaron de lleno a dibujar, se reían y se fascinaban al experimentar los colores. Le preguntaban a Prudden cómo combinar las acuarelas para lograr este tono o aquel color en las montañas y en segundos ya estaban haciendo su propia paleta de colores. Me acuerdo como me sentí intimidada cuando inicié mi diario con la maestra, Prudden me dijo, “escoge un árbol que te atraiga y píntalo”. 

Casi lloro al sentir que ese pino sería despedazado por mis torpes trazos pero una vez que acabé de mojar mi diario con colores que se mezclaban y secó el papel comprendí que ésa era mi interpretación de aquel pino y ahora lo amo cada vez que lo veo en mi diario porque fue mi primer pinino. Prudden me comentó que había sido una experiencia única ver como los diarios de las participantes iban iluminándose con colores brillantes, intensos, vivos, llenos de ese sabor latino que nos distingue.

Casi todo lo que los humanos hacemos por diversión tiene raíces biológicas, igual como les ocurre a otros animales. Los pájaros necesitan saber cuándo migrar o anidar. Los colibríes rezumban en el mismo lugar donde les he puesto su bebedero. Llevar un diario naturalista conduce a una mayor conciencia del entorno. Es una memoria tangible, que nos ayuda a recordar los cambios o fenómenos que vimos y aquellos que anotamos y dibujamos con atención, yo diría con amor. Quizá recordemos ciertos eventos pero la única forma de relacionarlos entre sí es registrarlos. Y qué mejor manera que con colores y con nuestras palabras.Y por eso “los grandes amores de muchos colores me gustan a mí”. Tan, tan.