Hoy, al cerrar este año, no quiero hacer una lista de logros.
No quiero fingir que todo fue “positivo” ni dramatizar lo que dolió.
Hoy solo quiero decir la verdad: me siento cansada… y agradecida. Me siento más humana.

Foto de dominio público por Ian Panelo
Foto de dominio público por Ian Panelo

2025 me dejó esa mezcla que solo entiende quien ha vivido un año intenso: gratitud por lo que llegó, nostalgia por lo que se fue y una calma tímida, como si el alma por fin pudiera sentarse un momento.

Este año me dio cosas que no sabía que necesitaba.
Me dio claridad y límites.
Me dio la certeza de que puedo sostener más de lo que imaginaba, aunque no siempre con elegancia, a veces con lágrimas escondidas y el corazón apretado.

Me dio gente.
Gente que apareció sin anuncio, pero con efecto. Me dio abrazos que me devolvieron al cuerpo cuando estaba perdida en la mente. Me dio palabras a tiempo y silencios compartidos. Me dio conversaciones que trajeron paz y otras que me enseñaron a no quedarme donde ya no había verdad.

Y sí, también me quitó.
Me quitó expectativas y certezas.
Me quitó la inocencia de creer que todo se resuelve solo con esfuerzo.
Me quitó versiones de mí que ya no eran sostenibles: la que se exigía perfección y la que confundía aguantar con amar.

Me quitó cosas que pensé que eran para siempre y me obligó a aceptar algo difícil: hay capítulos que se cierran aunque uno no esté listo. Y aun así, la vida sigue. Y uno también.

Este año me enseñó a agradecer incluso lo incómodo. Porque lo bueno me abrazó, pero lo difícil me despertó. Me enseñó que no todo lo que duele es una derrota ni todo lo que se pierde es un castigo; a veces es una señal, a veces es un peso que por fin se cae del alma.

Me enseñó a mirar mi vida con más respeto.
A decir “basta” sin culpa.
A decir “necesito” sin vergüenza.
A decir “no puedo” sin creer que eso me hace menos.

Hoy, al cerrar este ciclo, siento algo claro: quiero entrar a 2026 más liviana.
Dejo en 2025 el hábito de cargar sola y la culpa por no ser suficiente para todos. Dejo también el miedo de empezar de nuevo.

Agradezco lo que fue luz.
Y agradezco, aunque cueste admitirlo, lo que fue sombra, porque me enseñó a ver.

Cierro 2025 con una oración sencilla:
que lo vivido me haga más sabia, no más dura;
que lo aprendido me haga más libre, no más fría;
que lo perdido no me robe la capacidad de amar;
que lo ganado no me haga olvidar la humildad.

Cierro este año con las manos abiertas.

Para soltar lo que pesa, para agradecer lo que me sostuvo y para recibir lo que viene con menos miedo.

Sigo aquí.
Y eso, por sí solo, ya es motivo de gratitud.

Destellos del alma