Llevo ocho días recorriendo Nairobi con Julián y la ciudad me ha puesto frente a un espejo incómodo. No refleja solo lo que tengo enfrente; devuelve, agrandada, la imagen de la Ciudad de México. A ratos me descubro comparando sin querer. A ratos, comparo a propósito.

Nairobi es una ciudad intensamente verde. La vegetación es abundante y los árboles —jacarandas, mangos, aguacates, higueras, ceibas— alcanzan tamaños que impresionan. Muchos superan el siglo de vida y cumplen una función urbana elemental: dan sombra, refrescan el ambiente y amortiguan el ruido constante de coches y bocinas. He visto estos árboles en México, pero aquí crecen con una generosidad que parece todavía no domesticada.
En materia de infraestructura vial hay avances evidentes respecto a mi visita de hace una década. Nuevas autopistas y tramos pavimentados conviven, sin embargo, con señalización confusa y obras abandonadas a la mitad. El peatón es un actor secundario. Coches, matatus, motocicletas y tuk-tuks se disputan el espacio como pueden. La circulación se rige más por el instinto que por reglas compartidas. Uno aprende rápido a cruzar la calle con fe.
Nairobi es una ciudad de contrastes sociales brutales. Cerca de cinco millones de personas la habitan y alrededor del 50% vive en asentamientos informales, sin acceso regular a agua potable ni electricidad. El paso de una colonia acomodada a un barrio popular ocurre sin transiciones ni avisos. Esa brusquedad me resulta inquietantemente familiar.
Moverse por la ciudad vuelve visibles esas grietas. Más de una vez, la falta de actualización de Google Maps nos llevó a calles saturadas de comercio informal, cargadores y vendedores ambulantes. Como muzungos en un Nissan viejo, avanzábamos despacio entre cuerpos y mercancías. La escena me remitía a La Merced o al Centro Histórico: ropa de segunda mano llegada del norte global, blue jeans y hoodies imponiendo una estética uniforme y desplazando los textiles coloridos que tanto me habían fascinado en viajes anteriores.
Pese a albergar numerosas oficinas de organismos internacionales, Nairobi no se siente especialmente cosmopolita. El centro es activo, pero no vibrante. Los parques son ocupados por hombres que dormitan como hojas caídas; los edificios históricos se deterioran sin pudor. Para entrar a la Nairobi Gallery hay que pasar controles de seguridad y mostrar el pasaporte, solo para encontrarse con una colección reducida. Los Archivos Nacionales fueron otro desencanto. Durante más de una semana buscamos teatro, música o danza sin suerte.
La oferta gastronómica refleja la desigualdad urbana. Hay buenos restaurantes en barrios como Karen o Loresho Crescent, pero son caros y están lejos del alcance de la mayoría. En contraste, los mercados ofrecen frutas y verduras extraordinarias que permiten comer bien, sencillo y sano. Los jardines amplios de las zonas residenciales compensan, en parte, el caos vial y las banquetas rotas o inexistentes.
En términos de seguridad, Nairobi se siente más tranquila que muchos barrios de la CDMX. Las zonas que podrían intimidar a turistas blancos se disuelven con un Jambo! y, sobre todo, cuando Julián suelta su swahili con naturalidad. En restaurantes y cafés se mezclan africanos, indios y europeos compartiendo una cerveza Tusker sin mayor aspaviento.
La visita a Kibera fue el golpe más duro. Cerca de un millón de personas sobreviven ahí en condiciones de precariedad extrema, pero con una energía de resistencia que se siente en el cuerpo. Caminamos durante dos horas por los pasajes de esta ciudad dentro de la ciudad. No me sorprendió: en México existen lugares así. Lo que me sacudió fue otra cosa. Los niños no sonríen. Nadie saluda, nadie amenaza. La gente está demasiado ocupada sobreviviendo como para notar a dos muzungos de paso.
Nuestra guía, Winnie, nació y creció en Kibera. Hoy organiza recorridos de manera independiente. No supo decirnos si ha habido programas sociales sostenidos o mejoras estructurales reales. Camina la pobreza arreglada, firme, sin compasión ni cinismo. Su presencia deja una marca silenciosa, como tantas veces me ha ocurrido en comunidades marginadas de México.
Esta visita también me obligó a mirar con otros ojos el papel de las organizaciones de la sociedad civil. Caminar por Nairobi contrasta inevitablemente con lo que he visto durante años en el Valle del Roaring Fork, donde NGOs y nonprofits hacen esfuerzos constantes —a veces heroicos— para construir convivencia con comunidades migrantes y ampliar la igualdad de oportunidades. No resuelven la desigualdad, pero la disputan. Y eso, visto desde aquí, no es poca cosa.
Nairobi no responde de forma simple a la pregunta inicial. Más bien confirma que la desigualdad urbana es global. La diferencia, sospecho, está en qué tan dispuestos estamos a no acostumbrarnos a ella.
